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Parte 1
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PARAÍSOS FISCALES
En un mundo en el que, abierta o solapadamente, los estados imponen las leyes a sus súbditos y en el que, a mayor razón, los países fuertes dictan su política a los más débiles, no puede dejar de sorprender !a bula de que parecen gozar los llamados paraísos fiscales. Y con mayor razón si se considera que tales paraísos están ubicados en países de escasa o nula potencia militar e incluso, en algunos casos, forman parte, en calidad de colonias, y hasta de provincias, de alguna gran potencia, cuales son los casos de las Islas Caymán, las Bahamas o las Islas Anglo-Normandas. Es evidente que tales Paraísos son, no ya tolerados, sino fomentados y protegidos por altísimas instancias internacionales, es decir, genéricamente hablando, por el Sistema. Aunque ciertos organismos estatales pretendan poner cortapisas a las actividades que en ellos se realizan, el respeto a las soberanías nacionales y a la sacrosanta libertad individual, tan repetidamente olvidadas, cuando no pisoteadas en aras de hipócritas pretextos, impide que la labor de aquellos organismos sea realmente efectiva. Antes de entrar en materia, conviene enumerar los citados Paraísos. Son los siguientes: Liechtenstein, las Islas Anglo-Normandas, Andorra, Panamá, las Islas Caymán, las Bahamas, Singapur, Hong Kong y, en cierto modo, Mónaco y Tánger. Y, por supuesto, el Paraíso de los Paraísos como prototipo y paradigma de todos ellos: Suiza. En los Paraísos Fiscales, los grandes negocios los hacen los bancos, mientras los estados que los albergan reciben una contrapartida por lo general relativamente módica. Por qué se conforman con ella se explica por el hecho de que los gobernantes conocen los límites de su poder, que, como en todas partes, deben en mayor o menor grado a la "generosidad" bancaria y porque, en última instancia, el Sistema puede montar contra ellos cualquier "cruzada" en defensa de los Inmortales Principios, y cuya culminación será la indefectible substitución del díscolo y recalcitrante gobierno por otro más dúctil y que comprenda realmente qué se espera de él. A pesar de influir tan poderosamente en nuestras vidas, pocas personas comprenden realmente el mundo de los bancos. Lo primero que hay que tener presente es que los bancos comercian con dinero, sea éste en forma de numerario, de oro o de otros valores, y el dinero, como dice un viejo aforismo francés, "no tiene olor". Tampoco tiene patria. Y la gran verdad de la Banca es que carece de moralidad y de nacionalidad. Por supuesto, estamos hablando del negocio bancario sin importar bajo qué bandera se escude cualquier banco, incluyendo los erróneamente llamados "bancos centrales", y no pretendemos cuestionar la ética personal de los empleados -incluso de los altos empleados- que hacen funcionar ese negocio suculento. Pero los hechos son los hechos y vamos a tratar de exponerlos someramente. De la misma manera que un "perista" del mundo del hampa se hace cargo del material robado por los ladrones, cualquier banco puede manejar, con toda legalidad, - los negocios de la Mafia, sin emitir juicios de valor desde el punto de vista ético y sin tener en cuenta el interés nacional o cualquiera otra de las "manías" que preocupan al "vulgum pecus". Conocido es el caso de un banquero de Ginebra en la pared de cuyo despacho había un marco con la frase: "Je ne veux pas le savoir!" (No quiero saberlo); cuando uno de sus clientes trataba de explicarle el origen de los valores que iba a ingresar en su banco y los motivos por los que deseaba la más absoluta discreción, el banquero señalaba con el dedo el susodicho marco. En principio, la Banca no quiere saber. Aunque, por supuesto, sabe. Y mucho. Los bancos ubicados en los llamados Paraísos Fiscales son, con diversas vaciantes y matizaciones, sensiblemente iguales a los demás, y su modus operandi es el mismo. La única diferencia consiste en el tratamiento fiscal interno y en la radicalización del secreto bancario. Es decir: en que los bancos, en los Paraísos, no pagan impuestos -o pagan muy poco- al Estado, y el secreto bancario es prácticamente total. Por ejemplo: si un estado determinado, al que le consta que un súbdito suyo tiene dinero en una cuenta bancaria en un país paradisíaco y pide oficialmente a éste que le facilite datos sobre dicha cuenta, la respuesta será invariablemente negativa. Razón que se aduce: el titular de la cuenta no ha cometido delito alguno en el Paraíso y por lo tanto es, en dicho Paraíso, un ciudadano honorable que goza de todos sus derechos, incluido el que se refiere a la inviolabilidad del secreto bancario. Como se sabe, el prototipo de los Paraísos Fiscales es Suiza. Unas breves consideraciones sobre ese país, su génesis y posterior desarrollo serán, -creemos- muy útiles para esta exposición. Desde que, en el año 1291, se formó la Confederación Helvética, los suizos se han caracterizado por su carácter reservado, típico de las gentes de montaña y por su enérgica determinación a proteger sus vidas privadas. Esto dejaría una impronta indeleble en el futuro desarrollo del país: cada cantón, e incluso cada ciudad, goza de una amplísima autonomía, lo que facilita la convivencia de individuos étnicamente franceses, alemanes e italianos, que hablan sus respectivas lenguas, con el aditamento de una cuarta, el romanche, que se habla en la capital, Berna, y sus aledaños. En un territorio estéril y relativamente pequeño (unos 41.000 kilómetros cuadrados) viven seis millones de suizos. Sólo una dieciseisava parte de su territorio es cultivable, y carece por completo de riquezas del subsuelo. Durante mucho tiempo, este pequeño pais montañoso subsistía de modo harto precario, con lo que sus comerciantes podían sacarle al entonces escaso turismo y sus pequeñas industrias tradicionales de precisión, como la relojera. Como saben fue Zwingli, el fundador de la Iglesia Reformada quien, en Zurich, montó su Inquisición particular y, al incautarse del oro de las imágenes de las iglesias católicas fundó, sin saberlo, la banca suiza. Zwingli, al escoger lo que más le convino de los idearios de Lutero y Calvino, creó una doctrina protestante de carácter eminentemente suizo. Esa doctrina y su consiguiente ética sostienen que el trabajo es la forma más excelsa de la conducta humana, que la riqueza es la justa recompensa del hombre y que el dinero debe ser ahorrado y acumulado, porque Dios en el Paraíso (no ciertamente fiscal) mandó a Adán que trabajara, de manera que la pobreza es una ofensa a Dios. Como todos creen lo que les gusta creer, las enseñanzas de Zwingli fueron prontamente aceptadas por los hacendosos montañeses y, con el paso del tiempo, fueron añadiendo otros dogmas de fe adicionales a su religión laica. Ya que Dios vigila siempre, la honradez es siempre un buen negocio; puesto que las remuneraciones al trabajo son sagradas, uno debe pagar por lo que desea y obtener aquello por lo que ha pagado. Una tercera ley, no escrita, de la idiosincrasia suiza, y que, por una especie de ósmosis, ha llegado a conformar la manera de actuar de sus bancos, es la discreción llevada hasta el paroxismo. Suiza empezó a convertirse en un lugar de refugio de los capitales de todo el mundo a finales del siglo pasado. La Guerra Franco-Prusiana, con los empréstitos (forzosos) de guerra de ambos contendientes, abrió los ojos de mucha gente. Les hizo ver que, con la frenetización de la alta política y el costo geométricamente acelerado de los armamentos, sus gobiernos iban a sangrarles económicamente. Y como el Dinero (con razón se ha dicho) es cobarde, empezó a buscar adecuados refugios. El genio mercantil suizo tendía un puente de plata, que pronto se vería ampliamente concurrido. Suiza ofrecía seguridad, pues el país ha sido siempre políticamente neutral; ofrecía una discreción absoluta, con sus cuentas numeradas o en código cifrado; y aunque daba unos réditos mínimos o -o más a menudo- inexistentes, a cambio ofrecía una serie de ventajas sobre inversiones y movilidad del dinero de los que más adelante hablaremos. La 1 Guerra Mundial aceleró la huída de capitales hacia Suiza, que ha llegado a convertirse en la Meca del Dinero. Sus banqueros tenían, ya entonces, un prestigio mítico y, además, una tradición de, al menos, dos siglos de aciertos y clarividencia en sus inversiones. No en vano Voltaire había dicho: "Si ves que un banquero de Zurich se tira por la ventana, síguele. Es que ha visto el modo de hacer dinero mientras cae". Ese prestigio y esa reputación debían forzosamente atraer a las gentes deseosas de escapar a la voracidad del Fisco de sus respectivos países, pero también al dinero adquirido con medios deshonestos y, por supuesto, y en primer lugar, si no cronológicamente, sí en magnitud, al dinero de la Mafia. El sistema bancario suizo se vigoriza de modo automático con los pánicos financieros que se producen en otras naciones, pues tanto las víctimas como, sobre todo, los inductores de las mismas, ponen su dinero a buen recado mientras dura el temporal. Los primeros, un poco tarde, cuando ya su capital ha sufrido los iniciales mordiscos de esa bestia llamada crisis Financiera, y los segundos, por supuesto, un poco antes. Creemos que sería útil una somera exposición de las diversas categorías de bancos que ofrecen sus servicios, tanto a los ciudadanos suizos como a los de todo el mundo. Para ello nos hemos documentado en una fuente tan aséptica como la Encyclopoedia Britannica. Helos aquí: La primera institución financiera suiza es el Banco Cantonal, propiedad del Estado, aunque cuenta también con un importante núcleo de inversores privados. Se limitan a la financiación en su propio cantón, principalmente mediante préstamos hipotecarios. Los extranjeros pueden abrir cuentas en ellos, aunque sin devengar intereses. Son bancosrefugio absolutamente seguros. Aún sin cobrar intereses, el dinero aportado en divisas extranjeras puede ser convertido en Francos Suizos, que normalmente se revalúan con relación a las demás monedas, con lo que el dinero allí depositado mantiene su poder adquisitivo, como mínimo. Luego existen los denominados Grandes Bancos. agrupados en una asociación llamada Unión de Bancos Suizos. Estos bancos tienen el privilegio de que no están obligados a declarar su capital a las autoridades monetarias de su país. A la cabeza de estos bancos se encuentran los Tres Grandes: el Banco de Crédito Suizo, fundado el siglo pasado por Alfred Escher, el Banco Unión y la Sociedad de Banca Suiza. Los restantes dos grandes son el Banco Popular Helvético y el Bank Leu & Co. Los Grandes Bancos realizan prácticamente todo tipo de operaciones financieras. Manejan valores, suscriben acciones, actúan como agentes de bolsa para todo tipo de clientes, especialmente extranjeros, proporcionan asesoramientos y muchos otros servicios. Una tercera clase de bancos suizos son los llamados Bancos Locales, cuya función primaria es ocuparse de la financiación de hipotecas dentro de una comunidad. Algunos han crecido tanto hasta llegar a equipararse con alguno de los llamados Grandes Bancos. Evidentemente, este gigantesco crecimiento no puede lograrse tan sólo con las susodichas funciones primarias. Otras dos categorías son las Asociaciones de Préstamos y las instituciones de Ahorro. Tales instituciones son casi exactamente iguales que sus equivalentes en todos los países. Básicamente, invierten los ahorros en hipotecas. Pero tiene que haber forzosamente algo más... MUCHO MÁS. Pues según Waller y otras fuentes, como Arnaune, resulta chusco notar que en una nación de seis millones de habitantes hayan ocho millones de libretas de ahorro. Luego hay que tener en cuenta a las Asociaciones de Préstamos que simple y llanamente comercian con dinero, a la vista. Captan dinero y lo prestan. El dinero de los cuentacorrentistas no residentes en Suiza no devenga intereses. Es más, en ciertos casos -ciertas instituciones- el dinero depositado incluso paga un canon de depósito. También hay que mencionar a los bancos establecidos en Suiza por extranjeros. Uno de los más fuertes es el Exchange and Investment Bank, cuyos fundadores y primeros propietarios oficiales fueron Garson Reiner y Benjamín Wheeler, aunque el deus ex machina era el mítico mafioso Meyer Lansky. Finalmente existen los llamados Bancos Privados. No publican ningún balance y su papel en las finanzas propiamente suizas es insignificante. Pero su acción e influencia en las finanzas mundiales es enorme. En Suiza, en suma, existen 4.650 bancos o instituciones financieras, lo que da un total de uno por cada 1.300 personas. Pero tan impresionante cifra no convierte al país helvético en el líder mundial bancario per capita. Las islas Cayman constituyen un pequeño archipiélago en el Mar de las Antillas. Lo forman sólo tres islas: Grand Cayman, Little Cayman y Cayman Brac, con una extensión de 259 kilómetros cuadrados y una población que no llega a los 20.000 habitantes. Se trata de las antiguas Islas de las Tortugas, descubiertas por Colón en 1.503. Sus únicas riquezas naturales son las tortugas marinas, las palmeras y los cocoteros. Desde los últimos treinta años se han convertido en un importante centro turístico. Pertenecen al Imperio Británico en calidad de colonias. Pero el atractivo de las Caymán ya no es, específicamente, el turismo. Desde hace unos veinte años se ha convertido en un Paraíso Fiscal, propiciado por la amplísima autonomía de que goza. En estos minúsculos territorios hay más de doscientos bancos, es decir uno, por lo menos, para cada cien habitantes. ¡Esto sí que es un récord!. Las Caymán son uno de los escondites favoritos del dinero de la Mafia y también de las grandes compañías, en muchas de las cuales tiene intereses el Sindicato del Crimen o incluso le pertenecen por completo. Al entrar en las Caymán, que -recordémoslo- es territorio británico, las autoridades de Inmigración no sellan el pasaporte, ni a la entrada ni a la salida, a solicitud del viajero. Los bancos realizan todo tipo de operaciones: inversiones, transferencias de fondos, órdenes de compra y venta de acciones y toda clase de valores, etc. Según parece, el segundo Colón de estos territorios, el que los abrió al capital evadido, fué un conocido personaje del hampa norteamericano, Eddie Levinson, que había sido socio de Fulgencio Batista, el dictador cubano predecesor de Fidel Castro. El único problema que plantean las Caymán es que están sobresaturadas de bancos, amén del peligro de que cualquier día, aunque sólo fuera para justificar su existencia, alguno de los organismos que luchan -o lo hacen ver- contra la evasión de capitales, decida intervenir, siquiera proforma y algún agente honrado -o, simplemente, despistado- "levante excesivamente la alfombra" y se arme un imprevisto desaguisado. Esto ha hecho que, sin que las Caymán pierdan posiciones, los detentores de capitales hayan buscado, en la misma zona -tan interesante por su proximidad geográfica con los Estados Unidos- otro lugar donde ubicar otro Paraíso Fiscal. El lugar elegido resultó ser el archipiélago de las Bahamas; una colonia británica, dotada de amplia autonomía, compuesto por unas treinta islas e islotes, con una extensión de algo más de 11.000 kilómetros cuadrados y menos de 200.000 habitantes, el 95% de los cuales son negros o criollos. Estas islas, situadas entre Florida y Cuba, constituían el emplazamiento ideal, no sólo para el camuflaje de dinero, sino también para su posterior blanqueo a través de operaciones bancarias aparentemente respetables y, en cualquier caso, absolutamente legales. En realidad, cuando Lou Chesler, socio del afamado capo de la Mafia, Meyer Lansky, se trasladó a las Bahamas en 1960, su objetivo principal no era montar un banco, sino simplemente colocar dinero del Sindicato del Crimen en áreas en las que también podía florecer el negocio del juego. Chesler consiguió comprar numerosas propiedades, incluyendo más de la mitad de la Isla de la Gran Bahama, la mayor del archipiélago en la que está ubicada su capital, Nassau. El dinero de la Mafia pronto transformó aquéllas paradisíacas islas en una especie de Montecarlo en gran escala, a pesar de las rigurosas leyes que allí existían contra el juego. Según Waller -crítico norteamericano que se ha ocupado in extenso del asunto, el hábil Chesler consiguió obtener una licencia especial, no se sabe si mediante soborno, chantaje, o ambos recursos a la vez. Los hombres de Lansky obtenían en las Bahamas lo que se proponían. Un ejemplo: a pesar de la prohibición oficial sobre el empleo de ciudadanos norteamericanos en la isla, los casinos oficialmente pertenecientes a Chesler estaban bajo la dirección exclusiva de individuos con pasaporte estadounidense: Morris Schmetzler, que se hacía llamar Max Courtney, Frank Reiter, antiguos agentes del otrora célebre gángster Dutch Schultz, Jake Lansky -el hermano de Meyer- y Dino Cellini. Una vez firmemente establecida la Mafia en el territorio, Chesler fue substituido por Max Orovitz, la mano derecha de Lansky para asuntos financieros. Orovitz y otro mago de las Finanzas, Daniel Ludwig, fundaron un pequeño banco, el "Bahama Bank" que, sorprendentemente, al cabo de poco tiempo, se hizo con el control de la entidad bancaria “Tanque de Change et Investissements de Suisse", de Ginebra, entidad que serviría de puente para el blanqueo de dinero vía Europa. Los primeros propietarios de aquél banco fueron Garson Reiner y Benjamin Wheeler. Pero pronto, en las Bahamas, empezarían a florecer los bancos como setas. Al frente de los mismos se encontraban nombres como Eddie Levinson, Doc Stacher, Bobby Baker, el homosexual protegido en la Alta Administración norteamericana por el Presidente Lyndon Jhonson, y Lou Polier. El siguiente y definitivo paso consistió en conseguir -es de suponer que mediante los habituales métodos mafiosos- que las autoridades coloniales de las Bahamas concedieran numerosas licencias para la implantación de bancos extranjeros, particularmente estadounidenses, en el territorio. El primero en hacerlo fue el "Miami National Bank", propiedad de Samuel Cohen, pero luego seguirían muchísimo más, hasta los cerca de cuatrocientos que había en 1991, y que suponemos habrán aumentado en nuestros días. Sólo resta resta añadir que como todo Paraíso Fiscal que se precie, los bancos locales no pagan impuestos y los extranjeros o los pagan ridículamente bajos o no pagan, según los casos. Y el secreto bancario es rigurosísimo, a la suiza. Otro Paraíso se encuentra en la República de Panamá, cuyo territorio tiene una extensión algo menor que Andalucía y su población no llega a los dos millones y medio de habitantes. En ese país nominalmente independiente, los Estados Unidos controlan de hecho la zona del Canal de Panamá, que une los dos grandes océanos. Como en los países hermanos, existen los bancos locales y los extranjeros, con el mismo modus operandi, aunque la particularidad -la especialidad, podría decirse- de tales bancos panameños es el blanqueo del dinero del Narcotráfico originado en la vecina Colombia y en México. El mismo papel desempeña en la costa de China la colonia británica de Hong Kong, y es de destacar que ese superpoblado aunque comparativamente minúsculo territorio -que debe volver a soberanía china en 1997- sólo tiene segura una cosa: el status quo de sus bancos. Todo lo demás: opción de naturalización de sus habitantes, respeto de sus propiedades, derechos y libertades, aún está por discutir. Al Oeste de Hong-Kong, la Ciudad-Estado de Singapur es un caso similar: con sólo 581 kilómetros cuadrados y casi tres millones de habitantes, cuenta con casi cuatro mil
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Parte 2
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bancos y agencias, siendo otro centro de blanqueo de dinero, aunque el origen del mismo -según indicios- es bastante más limpio que el de Hong-Kong. En Europa, dejando aparte el caso paradigmático de Suiza, los Paraísos Fiscales son, por lo menos en apariencia, bastante más discretos. Pero, por lo demás, la mecánica de su funcionamiento es la misma. En las Islas Anglo-Normandas, en el Canal de la Mancha, y pese a formar parte del Reino Unido al mismo título que el territorio metropolitano, los bancos gozan de una serie de prerrogativas, fiscales y contables, que facilitan la acogida legal de dinero fuere cual fuere su procedencia. Estas tres islas, con una superficie de 195 kilómetros cuadrados y una población que en 1986 (los últimos datos que poseemos) era de 130.000 habitantes, tienen registrados ochocientos bancos y agencias. El caso del mini-estado de Liechtenstein, situado entre Austria y Suiza es especial, pues aunque sus leyes bancarias son algo menos tolerantes, presenta en cambio la gran ventaja de una legislación comercial extremadamente dúctil, que permite la instalación de un sin fin de compañías tapadera. Con sede oficial en Liechtenstein, empresas ubicadas en cualquier lugar del mundo, aparte de gozar de un sistema fiscal excepcionalmente benévolo, pueden montar "holdings" en los que se disimulan con toda comodidad titularidades empresariales y se invierten y reinvierten valores, de un país a otro, según las necesidades de la coyuntura en un momento dado. La población de Liechtenstein no llega a los 40.000 habitantes, una quinta parte de los cuales vive en la capital, Vaduz, en la que, según los últimos datos en nuestro poder, hay 190 bancos y un número algo menor en el resto del minúsculo país. La pequeña República de Andorra es, junto al Principado de Mónaco, una Cenicienta entre los territorios que estamos estudiando. El secreto bancario es igualmente riguroso, pero, en términos comparativos, el volumen de negocio de sus bancos -mucho menos numerosos que en los demás Paraísos- es notablemente menor. La especialidad, por así decirlo, de ambos, es la captación de residencias oficiales de gentes adineradas, pero cuyo dinero es de un origen limpio. Muchos conocidos deportistas de élite, jubilados pudientes y ricos industriales retirados huyen de la voracidad de sus respectivos fiscos nacionales y se acogen a la residencia andorrana o monegasca, para justificar la cual les basta con pasar unos cuantos días -creo que no llega a un mes, -oficialmente- y así poner a buen recaudo su dinero. Finalmente, hasta hace poco, también Tanger, en Marruecos, fue una muy importante base de¡ dinero errante. Pero al perder esa ciudad su estatuto de internacionalidad y pasar totalmente a depender de la soberanía del Reino de Marruecos, empezó una plácida pero evidente decadencia. Sus bancos, aunque gozan de ciertas prerrogativas con respecto a las demás instituciones marroquíes del mismo ramo, han ido perdiendo la confianza del Gran Capital. Y ya se sabe que en el negocio del Dinero la confianza y la discreción son absolutamente básicos. Actualmente, Tánger parece limitar sus actividades bancarias a operaciones especiales más o menos controladas por las autoridades locales. Tras este rápido periplo por todos !os Paraísos Fiscales, será conveniente volver al principio, es decir, al prototipo de todos ellos: Suiza. En ese país se inició la práctica de las cuentas numeradas. Aunque el secreto ya está garantizado por la ley suiza, tener una cuenta numerada significa, además, que menos empleados del banco conocen la verdadera identidad del titular de la cuenta; tal vez tan sólo el empleado que la abrió y el director del banco. No garantiza, pues, un anonimato total, pero sí reduce prácticamente a la nada los riesgos, aunque -hay que repetirlo- el secreto bancario está asegurado por la ley suiza. Además de las cuentas numeradas existen también las cuentas codificadas (cuentas con nombres clave) y también es posible tener libretas secretas. En cuanto a la correspondencia con los clientes, si éstos pagan por ello, es enviada por correo personal, en mano. Este secretismo ha dado lugar, en ocasiones, a situaciones chuscas. Parece ser que Eva Duarte de Perón abrió varias cuentas numeradas por un valor total de quince millones de dólares. Pero se le olvidó, antes de morir, decirle los números a su esposo, Juan Domingo Perón. Por lo que se sabe, Perón no pudo nunca echarle mano al dinero, que sigue disfrutando de la paz de su tranquilo retiro helvético. Una variante del caso expuesto les ocurrió a las autoridades fiscales norteamericanas, que acudieron a Suiza para localizar siete millones de dólares pertenecientes al gángster Billie SolEstes. Al parecer, éste no había pagado los impuestos correspondientes a esa suma, importantísima ahora y astronómica en la época en que ocurrió (1952). Esto es un delito en los Estados Unidos, pero no en Suiza. Y los suizos se negaron rotundamente a aflorar el dinero y hasta a admitir que existiera tal cuenta. El caso está ampliamente expuesto en la obra del Senador Kefauver, "Crime in America". Como siempre y en todas partes sucede, la costumbre terminó por obtener el preceptivo respaldo legal. En el año 1934, el Parlamento Suizo decidió que el secreto bancario fuera tipificado en el Código Penal. Según Haberler ("Estructura y Ritmo del Comercio internacional”) la legislación suiza sobre el tema serviría de modelo para otros Paraísos Fiscales, incluso corregida y aumentada. Haberler cita, por ejemplo, el Articulo 47, que regula la cuestión del siguiente modo: “Quien intencionadamente y como ejecutivo o empleado de un banco no cumpliera con su deber de guardar absoluto secreto profesional; o quien indujera o intentase inducir a otra persona a cometer tal delito, deberá pagar una multa de 20.000 Francos, o será encarcelado por un período de seis meses o ambas cosas a la vez". En realidad, esta ley cantonal no hacia más que complementar los códigos cantonales, que ya habían legislado sobre el secreto bancario helvético. Para remachar el clavo, en 1935, el Parlamento Federal aprobó un nuevo artículo del Código Penal, el 273. Decía así: "Quien investigue o haga investigar secretos comerciales para hacerlos accesibles a gobiernos extranjeros, empresas extranjeras, organizaciones extranjeras o a sus agentes, y a quien los haga accesibles, será castigado con penas de prisión, no inferiores a tres años". Aunque, anecdóticamente, un secreto bancario suizo haya dejado de serlo, ello ha sido debido a accidente; son rarísimos los casos de corrupción de un empleado, pues el sistema penitenciario suizo tiene fama de ser severísimo. Además, hay que tener en cuenta que, como complemento al Código Penal, los eventuales infractores de la ley del secreto bancario perderán, en la práctica, toda posibilidad de encontrar un empleo digno en el país y, según los casos, hasta sus familiares directos pueden sufrir las consecuencias del desliz del infractor. La única manera de levantar la barrera que protege el secreto bancario es demostrar que el cuentacorrentista ha cometido un delito en territorio suizo. Así, un narcotraficante internacional puede tener una cuenta abierta en un banco suizo con toda la tranquilidad del mundo; de lo único que debe asegurarse es de no permitir que un sólo gramo de heroína de un alijo controlado por él sea vendido dentro de los confines del territorio helvético. Los demás Paraísos Fiscales adoptan una diferente actitud legal en el aspecto de la protección de los secretos bancarios. Pero, en la práctica, los resultados vienen a ser los mismos en todos ellos, con especial eficacia y dureza en los Paraísos de moda, las Bahamas y las Caymán. En Liechtenstein, por ejemplo, el secretismo protege especialmente, como es lógico, a las actividades comerciales. Podrá llegar a saberse que un determinado "holding" está fiscalmente ubicado en aquél minúsculo territorio, pero lo que será materialmente imposible llegar a conocer son los detalles y el modus operandi y, aún menos, obtener pruebas documentales. Quedan tan sólo por mencionar un par de territorios que, sin ser propiamente Paraísos Fiscales importantes, son también utilizados como refugios transitorios de capitales y, sobre todo, como bases de contrabando: Gibraltar y Macao. Esta última, minúscula colonia portuguesa de dieciseis kilómetros cuadrados, situada al Oeste de Hong-Kong, tiene una buena dotación bancaria aunque el interés primordial de este territorio, -cuya soberanía, de momento, no ha reclamado, insólitamente, Chinaconsiste en servir de puerta comercial con éste gigantesco país asiático. Toda clase de mercancías -legales o noentran y salen a través de Macao. La lógica parece indicar que cuando, en breve, Hong-Kong vuelva a la soberanía china, Macao le substituya en sus funciones, incluidas las bancarias, compartiéndolas, probablemente, con Singapur. En cuanto a Gibraltar, pequeño peñón de soberanía británica, con seis kilómetros cuadrados y unos treinta mil habitantes, es una base de contrabando de tabaco y drogas hacia España, directamente o en tránsito. Toda la prensa española ha denunciado, con el paso de los años, ese tipo de actividades, que las autoridades del Peñón, increíblemente, parecen incapaces de atajar. En Gibraltar, por supuesto, también hay una excelente dotación bancaria, amén de más de ¡un millar! de empresas, muchas de ellas inmobiliarias, que operan mayoritariamente en la Costa del Sol, según recientes informaciones aparecidas en la prensa. Hemos querido insistir, en la anterior exposición, en el hecho de que la inmensa mayoría de los Paraísos Fiscales son territorios calificables de pequeños o minúsculos y, en algunos casos, ni siquiera poseen una soberanía nominal. Sólo Suiza y Panamá merecen el calificativo de naciones, aunque ésta última sea, a todos los efectos prácticos, un satélite de los Estados Unidos, y aquélla no tenga ningún peso militar ni menos político, dada su tradicional política de neutralidad. Si las grandes potencias, -incluso bajo la bandera de la ONU se decidieran a acabar con los Paraísos Fiscales, sería una operación facilísima, limpia e incruenta. Por qué no lo hacen ya lo hemos expuesto de entrada: por que los poderes reales, los poderes fácticos lo impiden, por ser los Paraísos auténticas bases territoriales suyas. Las excusas legales o morales para no intervenir son insultantemente ingenuas. No las necesitaron los Estados Unidos para intervenir militarmente en la Isla de Granada, o en Vietnam durante años. Hace unos años ocuparon militarmente el territorio panameño para deponer a Noriega, pero dejaron intacta toda la estructura del narcotráfico y, a mayor razón, dejaron de echar una ojeada a los bancos de Panamá. En resumen: los Paraísos Fiscales existen por conveniencia del Sistema, uno de cuyos pilares incorporados es, cada vez más, el Crimen Organizado. Los lectores saben que Política y Crimen constituyen un matrimonio de conveniencia que, según se dice, son los que más duran. Los Paraísos constituyen también unas bases operativas de imprescindible utilidad para los servicios secretos de las potencias de primer orden, tal como todos los que han estudiado el tema saben perfectamente, y se ha demostrado en la práctica infinidad de veces. Y también sirven para la consolidación de ciertas grandes fortunas, facilitando su ingreso en la llamada sociedad respetable. He aquí la génesis de determinado tipo de blanqueo: el padre y fundador de una dinastía adinerada es, hablando en román paladino, un ladrón. Roba, legal o ilegalmente, ganándose el título de "barón ladrón", "capitán de industria" o "despiadado comerciante". Es un hombre odiado por todos aquellos a los que ha robado, estafado, explotado, desposeído de sus empleos o perjudicado de un modo u otro. En el proceso de su meteórico enriquecimiento, incluso, algunas personas se han suicidado, o han resultado muertas, y sus parientes maldicen el nombre del hombre que pagó para que le mataran, impotentes para vengarse o procurar que se haga justicia. El delincuente en cuestión funda, con su botín, un poderoso imperio, que sus hijos proceden a consolidad y justificar sobre firmes bases comerciales. Para ello ha sido preciso limpiar el dinero del padre. Es una operación que se llama, en argot financiero, Blanqueo, y que se lleva a cabo en cualquiera de los Paraísos Fiscales. Consiste, básicamente, en llevar a los mismos dinero en metálico e invertirlo en valores o en empresas altamente lucrativas. Así, enormes compañías que, frecuentemente, llevan el nombre del primer ladrón, son, en realidad, el dinero que fue robado a miles o millones de personas, pero que ahora, tras el Blanqueo, es el núcleo de un capital legítimo, o, por lo menos, legal. La tercera generación ya ha pasado por las mejores universidades, se expresa bien, se ha casado con damas de una cierta alcurnia -a veces integrantes de la tercera generación de otro "barón ladrón", con la consiguiente acumulación de capitales- y entonces se llega al Blanqueo perfecto. El blanqueo social. Con tales macrocapitales se establecen fundaciones y se destinan grandes sumas a fines caritativos, educativos, culturales y filantrópicos de todo orden. Los departamentos de relaciones públicas airean, con una buena técnica publicitaria, la generosidad de los mecenas, olvidando cuidadosamente que tales fundaciones son, en realidad, un recurso legal para eludir el pago de impuestos que, en definitiva, sólo pagan realmente las clases medias y bajas. Los miembros de la tercera generación, o sus hijos, entran en política y ha sido tal la eficacia del blanqueo social -que sólo fue posible con un inicial blanqueo financiero en un Paraíso Fiscal- que, amparándose en la tradicional amnesia de las masas, y con la ayuda de la magia financiera, un nombre que antaño fue detestado sea ahora respetado y atraiga los votos necesarios para catapultar al primer plano de la sociedad a los retoños de un criminal. Este Blanqueo se ha dado en todas partes. En Europa hay descendientes de negreros y corsarios cuyas sagas han sido redactadas y adornadas por biógrafos mercenarios. Dinastías que han fundado hospitales, escuelas y hasta Universidades Pontificias. En los ubérrimos Estados Unidos de América, los primitivos delincuentes hallaron el terreno propicio y hoy día las gentes pronuncian con reverente unción los apellidos de Rockefeller, Vanderbitl, Morgan, Astor, Narriman, Kennedy, Carnegie, DuPont o Bronfman. Un blanqueo que no hubiera sido posible sin el entramado bancario y sin los ParaísosFiscales porque -no lo olvidemos- el deus ex machina de tales Paraísos son los bancos; respetables instituciones con sedes metropolitanas, pero con agencias en las Bahamas, las Cayman, en Panamá, en Liechtenstein, en Hong-Kong, en Suiza... Los paradisíacos tiburones de la Alta Finanza llevan consigo, cual sus homónimos selacios, sus rémoras. Se trata de los titulares de cuentas bancarias alimentadas con dinero del llamado opaco, es decir, capitales cuyo origen es, en principio, totalmente limpio, pero que buscan refugio para huir de la creciente y casi confiscatoria voracidad del Fisco. El dinero negro de la Mafia y de algún delincuente aislado, se apoya en el dinero Opaco. Así, el gran público se fija en casos, convenientemente aireados por los medios informativos, de industriales honrados o de deportistas de élite, presentados como "los malos de la película" y como los principales defraudadores de los sacrosantos erarios públicos. Estas rémoras, que en Zoología guían al tiburón, en el caso que nos ocupa son tan abundantes, que llegan a ocultar -o, por lo menos, camuflar- el cuerpo de la Mafia y los carteles del Narcotráfico más o menos a ella infeudados. Para las masas ignaras, los Paraísos Fiscales son un refugio del dinero de los ricos, pero en realidad son la guarida del dinero de los delincuentes de! Crimen Organizado, infeudados, como todos nuestros lectores saben, a la Alta Finanza Internacional, es decir, al Sistema.
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